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Desde los campos en Japón hasta tu mesa


Porque todo lo que es realmente bueno lleva consigo una telaraña de procesos y pequeñas grandes cosas para obtener un resultado exquisito, el matcha no podía ser la excepción. Esta bebida ancestral de producción orgánica y manual, aún en este siglo esconde secretos y detalles para obtener el fino polvo verde color esmeralda que conocemos.

Una vez las plantas de Camellia Sinensis son cultivadas, empieza el proceso de producción del matcha. Las plantaciones son cubiertas bajo la sombra durante los últimos 20 días de su cultivo, todo esto para garantizar una concentración máxima de clorofila, y por ende de antioxidantes y nutrientes.

Al terminar el proceso de recolección, el cual se elabora de forma manual, las hojas de té pasan inmediatamente a la vaporización, luego se colocan en una superficie plana para su secado, y una vez que se elimina toda la humedad, se seleccionan cuidadosamente de acuerdo a su textura. Dependiendo de la calidad que el matcha vaya a tener, este puede ser almacenado hasta 6 meses en pequeños contenedores de cerámica. Finalmente, llega la molienda, es decir, se colocan las hojas en molinos de piedra de granito hasta obtener un fino polvo. Para conseguir aproximadamente 40 gr de Matcha es necesario alrededor de una hora de molienda. Este proceso no puede acortarse ya que al intentar acelerarlo se generaría más calor y fricción, lo cual oxida el matcha y por ello se perdería todo el trabajo anterior.

Una vez que termina de molerse, el matcha es empacado en contenedores que no le permiten que entre ni la luz ni el aire, ya que estos dos elementos provocan que el matcha se oxide y pierda su calidad.



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